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viernes, 4 de enero de 2013

Soñar para creer


Estaba enfrente de esos hombres, mirándoles con lágrimas en los ojos. El más grande de ellos sujetaba una pistola con su mano derecha apuntándole. Apuntando a su corazón. Ese que un día compartió conmigo. Los demás se organizaban en un corro alrededor del hombre, todos con una estúpida sonrisa e la cara. Él aguantaba la compostura, o eso me pareció. De rodillas y con las manos en la cabeza fue como lo hallé. Aquellos imbéciles no le dejaban hacer nada, uno lo sujetaba, lo tenía aprisionado. Tampoco él se resistía, parecía haberse resignado, haber afrontado su futuro. Yo cada vez me sentía más irritada. Cerré los puños sin dejar de mirarle…las lágrimas volvieron a recorrer mi cara, pero esta vez de manera más abundante.

-         ¡Dejadlo! – corrí hacía él sin ningún pudor, sin miedo de que pudieran dispararme a mí. Tan solo quería estar a su lado. Me abracé a él. – ¡No lo matéis!¡Por favor!
-         Anda mira – una voz salió del corro, un pequeño hombre, viejo y feo, con las facciones muy marcadas y con pelo canento se giró hacia mí – ¿eres su salvadora?¿acaso quieres morir también?

Todo el grupo empezó a reírse, risas estruendosas que daban vueltas en mi cabeza. Me asusté pero no retrocedí, no iba a irme de su lado.

-         ¿Estás gilipollas? Lárgate de aquí – el hombre bajito volvió a insistir
-         Eh Rata…cállate un poco

La voz casi gutural del hombre de la pistola dejó callados a todos. Ni risas ni cuchicheos. Todos querían obedecer a su jefe. Quizás por miedo, quizás por respeto…lo que estaba claro es que aquel hombre imponía más que cualquiera de los otros.
Caminó hasta mí aún con la pistola en la mano, pero esta vez mirando al suelo.

-         ¿Qué te pasa? ¿Qué haces aquí? – me dijo con voz dulce.
-         ¡No lo mates!¡Yo le quiero! – mi grito desesperado se fue convirtiendo en un hilo de voz a medida que aquel hombre se acercaba a mi cara – por favor…hazlo por mí…

Me echó un último vistazo y se levantó de repente, dándose media vuelta.

-         ¡Así que…lo quieres! – aulló mientras daba vueltas alrededor nuestro dando lugar a múltiples risas por parte de sus adeptos - ¿Y crees que eso lo va a salvar?

Yo no respondí me dediqué a mirarlo con los ojos en llamas y llorosos. Lágrimas furiosas que no paraban de caer.

-         Pues que tengas claro… - continuó mientras se acercaba de nuevo a mí –…que por mucho que lo quieras nunca más lo vas a ver.

De nuevo todo tipo de risas que acompañaban a su líder. Cada vez me incomodaba más esa actitud.

-         ¡Matadme a mí entonces!

Incluso él que estaba a mi lado, se giró para mirarme, abrió los ojos como platos. Todos los demás hombres se quedaron callados también un momento, pero enseguida las risas estruendosas volvieron a surgir.

-         Por dios, no lo hagas – me dijo él bajito al oído

Pero hice caso omiso, si aquello funcionaba al menos él estaría a salvo. De nuevo el jefe abrió la boca.

-         ¿Así que quieres morir por él? Qué bonito – el resto del grupo de nuevo rió al oír el ingenioso comentario de su jefe. – ¿De veras querrías morir por este perro sarnoso?
-         De hecho es lo que te acabo de pedir – insistí de nuevo. Él me miraba horrorizado.

El grandullón me miró con asco, se giró y chasqueó los dedos.

-         Sargento, ocúpate de la chica. - dijo dirigiéndose al corro.
-         A sus órdenes señor. – la voz de un hombre del grupo, en el que no había reparado, se acercó a mí. – vamos chica, vamos a jugar un rato.

Y así me cogió del brazo y me levantó como si fuera una pluma, separándome de su lado. Yo me resistí pero no era suficiente. Me golpeó y sacudió varias veces para poder transportarme y, sin mayor problema, lo consiguió. Ya notaba como salían un par de cardenales en el estómago y en los brazos, pero no era ni la mitad de doloroso de lo que iba a pasar a continuación.
El tal "Sargento", me llevó hasta donde estaba el resto del grupo.

-         Quédate aquí quietita y disfruta del espectáculo – me dijo entre risas.

Todo iba a pasar y yo no podía hacer nada porque me tenía prisionera de sus grandes brazos. Le miré de nuevo, estaba ahí de rodillas pero ahora su actitud había cambiado. Ahora me miraba con lágrimas en los ojos. Conocía su futuro y ahora le daba más miedo. Quizás ahora tenía algo por lo que vivir.
Yo le miraba intentando zafarme de mi cautiverio. Pero era imposible, ese hombre podría pesar al menos 80 kilos y medir 2 metros.

El jefe volvió a colocarse en la posición en la que le encontré. Su mano derecha, firme y ruda, sujetaba la pistola en posición horizontal de nuevo apuntándole.

-         ¿Alguna última petición, escoria? – le preguntó

Él no respondió, se mantuvo quieto y mirándome. Sus ojos brillaban como cuando había tenido una idea perfecta, recordaba esa mirada, me encantaba. Sonreí porque él seguía siendo el mismo a pesar de todo lo que había pasado. Él me devolvió la sonrisa.

 ¡PUM!

La pistola dio un estallido y la bala corrió directamente a su posición levantando un polvo que no dejaba ver nada.
Todos los que estábamos al otro lado tosimos, incluso el jefe lo hizo. Cuando todo ese polvo se disipó pude verle, allí estaba, tumbado en el suelo en posición fetal.
Por fin aquellas manos me liberaron. Corrí sin pensar más hacía su lado. Me agaché, me quité la camisa y la apreté contra la herida. Solo veía sangre por todos lados.

-         Te quiero, no mueras por favor…

 Él consiguió mirarme y articular una frase.

-         Por favor, llévame dentro.

Teniendo en cuenta que estábamos en el patio trasero de su casa, lo tuve claro. Lo cogí en brazos y me lo llevé casi corriendo. La sangre seguía saliendo y yo no paraba de llorar. Se notaba ligero, quizás por la cantidad de sangre que estaba perdiendo. Al fin llegamos a su habitación y lo dejé posado en su cama.

-         Qué extraño todo ¿verdad? – me dijo sonriendo con la voz entrecortada y casi sin fuerzas.
-         Tú, que te metes en unos líos… - le dediqué una sonrisa aunque no podía dejar de pensar en lo que acababa de ocurrir. – por cierto, ¿dónde te dieron? – no veía la herida correspondiente en su corazón debido a la cantidad de sangre que brotaba de algún sitio.
-         Estas mirando en el sitio equivocado – aún sonreía, aunque esta vez empezó a toser cuando acabó de hablar.

Me señaló, como pudo, un poco más abajo, por el lado derecho del ombligo. Ahí estaba. El hueco de la bala de plata que debía atravesar su corazón.

-         Entonces, ¿no vas a morir? – lo dije con lágrimas en los ojos, no lo podía creer.

El se rió como pudo.

-         Bueno, si llamas a una ambulancia quizás no.
-         Jajaj, que graciosito – me sequé las lágrimas con los puños y me levanté para llamar por teléfono.

Mientras llamaba le seguía apretando en la herida, no se fuera a desangrar. Recordaba la cara de aquellos hombres que tanto daño hicieron... y todo por una tontería.

En el hospital, cuando ya estaba estable, hablamos de muchas cosas. Lo que había pasado, mis heridas, sus heridas…y sin venir a cuento me preguntó algo que no esperaba.

-         Entonces, ¿me quieres?
-         Si necesitas más pruebas es que eres un idiota.
-         Pues cambiaré la pregunta. ¿te enamorarías de un idiota?